La calculadora
-Posiblemente sobre el comienzo-
Tengo una mesa de trabajo. Allí me siento a jugar, a desbaratar, a probar, a experimentar. Por ahora esa mesa es el laboratorio de donde salen objetos que se relacionan con otros y que también empiezan a existir independientemente.
Cuando era pequeño a mi casa llegaron unas calculadoras de esas que imprimen en papel las operaciones que realizan. Para mí era fascinante jugar imprimiendo cuentas y más cuentas; ver cómo salía el papel; escuchar cómo se realizaba la impresión. El sonido mismo de las teclas al escribir siempre me pareció encantador, esta máquina era definitivamente ruidosa.
Buscando material para trabajar descubrí que aún existía en mi casa materna un par de estas calculadoras que por alguna razón habían dejado de funcionar.
Como de costumbre le quité a una la carcasa y empecé a examinar su interior:
Por aquí debe entrar la corriente, por aquí sigue hasta este otro conector, por aquí hay un cable suelto, por aquí hay un integrado, esto es lo que comunica el teclado con el motor, este es el motor, aquí está el rodillo de caucho con los numeritos en relieve, aquí hay un par de electroimanes…
Poco a poco iba descartando lo que no entendía y poco a poco iba entendiendo los movimientos que este aparato me podría brindar. Al conectarlo vi que el motor estaba como en corto haciendo un movimiento continuo demasiado rápido. El rodillo de caucho giraba alocadamente y varios engranajes se movían sin una función lógica. Este aparataje estaba funcionando sin una función aparente. Este motor parecía estar loco.
Aparté el resto de partes de la calculadora y me detuve a trabajar en esta especie de chasis en el que estaba montado el motor, el rodillo, dos soportes para la cinta, y un conjunto de piezas metálicas que arman un complejo engranaje.
Luego de hacer pruebas con distintos voltajes para bajar la velocidad del motor, adapté cuatro pilas recargables. El hecho de bajarle las revoluciones al motor me dejó apreciar cada pequeño movimiento de este sistema. Era como un reloj que no daba la hora pero que sin embargo, marcaba un ritmo. Su mecanismo era una coreografía maravillosa sin un objetivo claro; solamente se movía, y ya.
Me di cuenta de que los soportes donde debería estar la cinta giraban poco a poco, y que podrían servirme para comunicar el aparato con el exterior. Amarré entonces con un hilo fuerte los soportes a la pata de una mesa y coloqué el aparato en el piso. Al conectar las pilas empezó a moverse lentamente, torpe y patético. Vi en este movimiento una acción paralítica. Este pobre aparato parecía un enfermo intentando moverse a toda costa.
Se me ocurrió entonces colgarlo en la pared y ponerlo a escalar. La idea me cautivó, me parecía fascinante lo vulnerable que se vería subiendo torpemente por la pared, sería un monstruo patético. Al hacer pruebas me di cuenta de que todo era demasiado pesado y que el motor no tendría la fuerza suficiente para subir el muro.
Sintiéndome mal lo dejé en el piso. A pesar de todo ya éramos dos, y eso era un buen comienzo.
Marzo 3, 2009 a las 2:29 pm |
son unos malditooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooeeeemmmmmmmmmmmmmmooooooooooooooooosssssssssssss