Historias de encuentros y desencuentros
-Posiblemente sobre los hallazgos-
La ansiedad es: brincar antes de saltar, dudar al pasar una calle. La duda es lo que mata, el que piensa pierde. La ansiedad no se lleva bien con la intuición. Es torpe, quiere ir más allá de lo que se puede, quiere adelantarse, es ventajosa. Bloquea. No deja fluir, aunque pueda parecer paradójico: no deja pensar. Al igual que el pánico, no es un estado fértil para mí, presenta un estancamiento, un bloqueo que no deja, que no permite, que no invita.
Que las cosas empiecen a funcionar depende mucho de la cuestión del ritmo. De dejar hacer, de dejar ser, de silenciarse un poco. Los estados depresivos, en cambio, sí son útiles en mi proceso. En ellos, el silencio es evidente, la hipersensibilidad a flor de piel hace que la atención se abra y permita que la intuición habite esas zonas grises tan preocupantes en momentos creativos. Esto me permite dejar la puerta abierta, no detenerla, no sostenerla: dejarla abierta para el o lo que quiera entrar. Son estados alterados, estados de emergencia en los que uno se encuentra en otro nivel y que suponen que algo se asomará. Sólo falta estar atento.
Invitar sin esperar nada, sin anhelar la llegada de alguien. Esperar, esperanza. La esperanza es para los tontos, o mejor, es tonta. Tiene de fondo una panacea, es estar seguro de que alguien llegará.
Creo más en el acto de fe. Es mucho más productivo y a pesar de su tono metafísico e intangible, el creer[1] en lo que no se ve, permite una fluidez, un estado de (in)tranquilidad donde simplemente se permite que algo pase, o quizá no. Pero eso no importa; al alejarse de la ansiedad, los aparatos empiezan a hablar, a hablarme.
Me gusta que los problemas de la vida dejen de ganar terreno como “problemas”[2]; por eso me preocupo por no nombrarlos como tales. Así poco a poco logro conectarme al desorden que siempre mantengo en mi taller. De esa manera empiezan a dialogar mis fantasmas con los monstruos que construyo.
Cuando se me eriza la piel, cuando pierdo el aliento, o cuando se me aguan los ojos, son señales que indican haber logrado algo. Esta afectación a nivel de lo sensible es fundamental para evidenciarme que ahí hay algo, que las cosas empiezan a funcionar.
Por lo general me puedo quedar horas ante alguno de estos hallazgos, mirándolo detalladamente, interrogándolo, intentando descubrir cuál es la magia que se oculta detrás de sus formas, de sus componentes, de sus movimientos. El porqué me afecta tanto.
Al día siguiente vuelvo a contemplarlo solamente para demostrarme a mí mismo que ese algo que no logro entender, ese algo que me conmueve, sigue ahí, escondido, entre conexiones físicas, eléctricas, electrónicas, digitales, mentales y senti-mentales.
[1]6/17/06 11:17 AM
“Me gusta la palabra creer. En general, cuando alguien dice sé, es que no sabe sino que cree.” (Marcel Duchamp)
[2] 3/27/06 3:28 PM
Cuando en 1964 Andy Warhol compró una grabadora “nada jamás volvió a ser un problema, porque un problema simplemente quería decir una buena cinta que grabar, y cuando un problema se trasforma en una buena cinta, deja de ser un problema”.